¿Las pseudo ciencias funcionan? Esta es la explicación

Los minerales cristalizados juegan un gran papel en las creencias pseudo científicas.

Hay quien dice que, en ocasiones, simplemente entrando a un lugar es capaz de sentir las energías positivas y negativas que lo imbuyen. O que gracias a las piedras y cristales que tiene en su casa, repele cualquier tipo de conexiones negativas. Pero, ¿qué criterio científico hay detrás de todo esto?

Como estos ejemplos, hay miles; y son la base de las pseudo ciencias que tanta popularidad están cogiendo últimamente. Aún así, esto viene de largo: chamanismo, brujería, alquimia e incluso religión son creencias que han acompañado a la humanidad desde el principio de los tiempos, pero que con la inmensidad de las redes sociales están extendiéndose como la pólvora. El problema con las pseudo ciencias (y con cualquier creencia) es que cuando adoctrinas con ella pasa a ser peligrosa. Y ojo, la libertad religiosa es algo fundamental en una sociedad tolerante y respetuosa pero comunicarla como la única verdad a un grupo influenciable de personas puede limitar su capacidad de crecer en lugar de fomentarla. Por ejemplo, decirle a una persona joven que la alineación de los planetas con las constelaciones influye activamente en los momentos en los que su vida puede experimentar cambios es condicionarles a fenómenos externos (y falsos) en lugar de darle las herramientas y empoderarle para que sea esa persona la que decida cómo y cuándo cambia su vida.

Lo mismo ocurre en la salud. Hay muchísima gente defensora del Reiki (o toque terapéutico), una técnica de sanación espiritual que inventó Mikao Usui en 1922, a pesar de haber sido desmentida en numerosas ocasiones, incluyendo el famoso experimento que Emily Rosa realizó a los 9 años y que demostró la inexistente base científica del Reiki. Es algo comparable a la homeopatía, una pseudo ciencia que basa su funcionamiento en diluir muchas veces un compuesto dañino en agua. Es decir, si una sustancia enferma a las personas la homeopatía toma una parte de esa sustancia y la diluye en 99 partes de agua. Después toma esa mezcla restante y la diluye de nuevo en 99 partes de agua. Y así hasta 10, 20 o 30 veces; hasta el punto de que las últimas mezclas serían el equivalente a tirar una aspirina en el océano Atlántico y decir que, al beber de él, tu dolor de cabeza desaparecerá. Con total seguridad, ni un solo átomo del compuesto original llegue a entrar en tu organismo, pero la homeopatía defiende que el agua “tiene memoria” y se reestructura para provocar los beneficios correspondientes, y que a mayor número de disoluciones, más efecto tendrá. Lo cuál no tiene ni pies ni cabeza.

Lo que sí es cierto es que a todas estas pseudo ciencias les acompaña, generalmente, un intenso efecto placebo que ayuda notablemente a que el individuo que las practica crea aún más en su eficacia. El efecto placebo está bastante estudiado en la ciencia moderna y es capaz de hacer que si yo me tomo un caramelo convencido de que es una pastilla para el dolor de cabeza, mi dolor de cabeza se reduzca. Y os puedo asegurar que el caramelo no está imbuido de energías místicas, con lo que el efecto se tiene que estar produciendo en mi propio metabolismo.

Que existe un problema en el modelo de educación (a nivel mundial) no es ninguna novedad, pero estamos ya viendo las primeras consecuencias de esto con el auge de movimientos como el antivacuna, el terraplanista, el de las pseudociencias o cosas tan interesantes como que 16,4 millones de americanos crean que la leche con chocolate viene de las vacas marrones. En lugar de tener un pensamiento crítico y fundamentado en pruebas empíricas y científicas, las nuevas generaciones están tomando por válidos argumentos que bien podrían ser de hace varios siglos, sin pararse a comprobar si aquello en lo que creen puede o no ser cierto. Y no debemos olvidar que la ciencia también se corrige a sí misma para poder evolucionar, pero eso no quita que antes de aferrarnos a una creencia o pensamiento, debamos comprobar su validez.