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Así es como denuncié el acoso sexual de un alumno en el instituto

Empezó como una broma y acabó en una denuncia colectiva por acoso sexual

Yo acababa de cambiarme de un colegio católico al insituto, tenía catorce años y aterrizaba en 3º de la ESO. Era 2009, y en aquel entonces todo esto del acoso sexual, el bullying y el feminismo no estaba muy en boca de los jóvenes. Estaba todavía muy de moda eso de que los niños puntuasen del uno al diez el físico de las niñas de clase y las bromas de mal gusto.

Esto comienza con el gracioso de la clase. En un instituto americano sería el quarterback, el capitán del equipo, el centro del grupo masculino de la clase. Todos le reían las gracias y seguían sus pasos. Nadie se cuestionaba si lo que hacía estaba bien o mal. Entre los profesores, caía bien: el niño popular y gracioso, aunque no sea el más empollón, cae siempre bien.

A mí me caía bien, incluso soportaba las bromas que solía hacer sobre mis gafas de pasta: “¿De dónde has sacado esas gafas? ¿Se las has robado a tu abuela?”. Si ahora me hicieran esa broma igual me la tomaría peor, respondería sin una sonrisa en los labios.

Este chico tenía por costumbre ir tocando a las chicas sin su consentimiento. Eran pequeñas bromas de “uy, se me ha escapado la mano” que los amigotes reían. Le decíamos una y otra vez que parara, que no era gracioso. Como he dicho antes, aquello entonces no era “acoso sexual”, sino una broma pesada. Obviamente, sí era acoso, aunque no teníamos ni idea porque nadie nos lo había dicho nunca. Sabíamos que se lo podíamos decir a los profesores, pero entonces éramos “unas chivatas”, y “un rollo”. Y las chicas no queremos ser aburridas. Tenemos que ser maduras, pero nunca aburridas. 

Un día en clase de Educación Física se me acabó la paciencia. Recuerdo que estábamos haciendo pruebas de velocidad, y el chico en cuestión no paraba de tocarnos el culo. A todas. Una tras otra. No sé si el profesor no lo veía o pasaba del tema. Le advertí que dejara de hacerlo o iba a quejarme a alguien con autoridad. Se pensó que era un farol y continuó molestándome.

Así que esa misma mañana fui a la jefatura de estudios a exponer el caso. Dos amigas me acompañaron para apoyar mi versión, y denunciar ellas mismas que también estaban recibiendo este tipo de acoso sin parar. No solo se lo tomaron en serio, sino que llamaron al chico a la oficina, le interrogaron y le abrieron un expediente. La verdad es que no esperaba que fueran a tomarnos tan en serio, sobre todo porque, por desgracia, la gente suele pasar de estos temas y les quitan importancia.

El chico sabía que todo aquello había desencadenado por mí, no era un secreto: le había avisado varias veces de que iba a denunciar su comportamiento. A partir de ese momento no volvió ni a dirigirme la palabra. Al año siguiente se había cambiado de insitituto. No sé si fue por el expediente abierto, pero los rumores eran esos, ya que no parecía haber ningún otro motivo para cambiarse al instituto de al lado. Había perdido el título de graciosete entre los profesores.

Sé que mi historia no es lo más grave que puede pasarle a alguien. Dentro de lo que era, fue fácil manejar la situación. Pero, aún así, era algo malo y por lo que ninguna de las chicas de mi clase tenía que pasar. Si alguien os molesta, decídselo. Y, si podéis, denunciadlo.