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Julen's Stories

No hay País para tanto influencer

“Sin política ni deportes los redactores nos vamos a quedar pobres”.

Las noticias, en agosto, a veces son por rellenar

Y mira que venía con ganas de hablar de asuntos más variados pero cuando a uno le hierve la sangre significa que toca nuevo Julen´s Stories; el primero de esta segunda temporada tras unas vacaciones entre sublimes y exquisitas. Prometo que el siguiente artículo será sobre alguno de los temas que me propongáis en los comentarios de este mismo artículo o en Twitter. 

He invertido mi agosto en disfrutar de los veintipocos grados de temperatura de Donosti junto a mi familia y amigos. He ido a la playa poco pero he ido. Y más de noche que de día pero lo que cuenta es la intención. Y aunque haya intentado hacer la vista gorda varias veces ha habido un tema recurrente en medios digitales que tuve que apuntar en mi agenda para que fuese mi primer post de esta segunda temporada que empieza en septiembre.

Que “los influencers” (yo prefiero que se les llame creadores de contenido online) no son del agrado de todos es algo ya sabido. Old news, move on. Pero mientras que los chiringuitos hacen su agosto en agosto (de ahí viene la expresión), los redactores de los medios de comunicación se quedan de brazos cruzados con el Word (o Pages) abierto sin saber sobre qué escribir. “Sin tele y sin cerveza Homer pierde la cabeza” en versión periodística en agosto y con menos gracia sería algo así como “Sin política ni deportes los redactores nos vamos a quedar pobres”. Supongo que esa es la razón de que este haya visto más influencers en prensa que en la playa. 

Todo empezó con lo de “Los influencers llegan a la universidad” (visto en El País), el polémico curso que terminó siendo Trending Topic en todos los rincones de Twitter. “En breve habrá un curso de gilipoller” respondían varios miles de usuarios sin haberse leído ni el artículo ni haberse molestado en buscar el propio curso en Google para después darse cuenta de que era un curso (ni grado, ni master, simplemente un curso) adaptado a gente que trabaja en agencias de comunicación para ampliar conocimientos de moda, optimización de rrss, gestión de analytics y organización de eventos, que se imparte en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid. A esos miles de usuarios también se sumaron otros influencers como La Vecina Rubia, archiconocida por robar chistes: “ser influencer no es una profesión” decía la influencer. Será que ella también prefiere el término de “creador de contenido digital” – bien que hace – y por eso no se identifica con una de esas influencers que escribe twits y hace campañas con fabricantes de móviles. Será eso. Pero, sí, ser creador de contenido sí es un oficio.

A finales de agosto llegaba otro catastrófico titular aunque sin ningún Trending Topic que lo acompañase. “Peligros de fichar a un Influencer” decía el artículo de El País. Como ya conté en mi anterior Julen´s Stories intento no leer artículos sobre influencers pero en agosto se me ha dado regular, tirando a mal. “Las trampas en la red y la escasa regulación hacen arriesgada esta herramienta de marketing” dice el artículo. Y la verdad es que escuece cuando intentando hacer el mejor trabajo posible viene un artículo de El País a echarte esta jarra de agua fría. Dice el artículo que el 95% de empresas del estado seguirán apostando por esta forma de marketing y mientras tanto, a la par, el grupo Prisa (propietarios de El País) lanza Influtop, una plataforma para poner en contacto a Influencers con clientes. Será que quizá tan peligroso no es trabajar con creadores de contenido online y que ellos también quieren su trozo de la tarta. O quizá sea simplemente desconocimiento sobre el tema; y, en ese caso, aprovecho para extender mi mano (siempre en son de paz) a El País y ofrecer la poca sabiduría que poseo al respecto y el teclado de mi portátil para cocinar futuros artículos y, quién sabe, proyectos.

Y mira que venía con ganas de hablar de asuntos más variados pero cuando a uno le hierve la sangre significa que toca ponerse a escribir.