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6 mitos cosméticos que debes conocer para que no te engañen

Con estos datos podrás elegir mucho mejor tus próximas compras de cosmética.

El mundo de la cosmética está lleno de mitos | Foto de Noah Buscher

La industria cosmética facturó en Europa alrededor de 77.600 millones de euros durante el 2017. Hablamos de una industria, no muy alejada de la farmacéutica, que manufactura productos que en muchos casos no son de necesidad y que se basan en explotar los cánones de belleza actuales. Los productos cosméticos generados con el fin de tratar enfermedades como el acné, la psoriasis o la dermatitis atópica están lejos de dar el beneficio mayoritario a estas empresas y, por ello, se trabaja en líneas de productos más explotables. Pero en un mundo donde cada día hay más competencia, donde la innovación es mínima y donde cada día hay más trabas para probar innecesariamente ciertos productos en animales de experimentación, el buen marketing es el que marca la diferencia. En esta guerra de compañías por hacerse con el récord en ventas, surgen las cremas milagrosas, los componentes de nombres raros y, en algunos casos, los remedios infalibles que pueden causarnos un daño.

Si tienes un problema en la piel, lo primero siempre es consultar un dermatólogo. Lo normal es que este médico te ofrezca un estudio que dé como resultado la recomendación de un producto. Este posiblemente no sea de una marca conocida, lo tendrás que comprar en una farmacia y muy posiblemente sea caro. Estos no son los productos que voy a tratar en este artículo, porque las reglas de ese juego son diferentes.

A continuación, te expongo 6 (+1) mitos que nos venden con los productos cosméticos destinados al gran consumo.

Las cremas hidratantes no hidratan nada | Foto de Christin Hume

La crema hidratante: este mito es muy extendido y parte del propio nombre del producto. Las cremas hidratantes no existen. Son tan inexistentes como el jamón de York. El principio básico de cualquier crema que se haga llamar “hidratante” no es darte moléculas de agua para que tu piel se mantenga sana, sino un efecto radicalmente diferente. El calor, el aire, la contaminación, la radiación solar, etc. ejercen un efecto agresivo sobre nuestra piel deteriorando sus capas externas y afectando a las internas, aunque de una forma menos evidente a corto plazo. Lo inmediato es que, por transpiración, nuestra piel pierda agua. Las cremas hidratantes lo que hacen es construir una barrera que evita que las células se deshidraten.

Por tanto, sería más correcto decir crema anti-deshidratante. Esta barrera se construye, normalmente, con una serie de compuestos de partida llamados bases. Estas bases pueden tener más contenido en compuestos grasos o menos. Las mejores cremas hidratantes tienen más componente graso debido a su poder oclusivo, pero en pieles con problemas como el acné, es mejor buscar una que sea “oíl free no comedogénico”, dado que evita que se produzcan brotes de la enfermedad y sigue ejerciendo su función. También debemos tener claro dónde vamos a aplicar la crema dado que no es lo mismo una facial que una corporal. Un último apunte: los componentes como el colágeno o el ácido hialurónico lo que hacen es evitar la deshidratación. No son sustancias milagrosas.

Sin parabenos es mejor: Nos encantan las etiquetas ECO, BIO, SIN CONSERVANTES, SIN COLORANTES… En cosmética también existen y su presencia nos da una sensación de seguridad, aunque en muchos casos no sabemos ni a qué se refieren. Hace unos años existió la fiebre de la etiqueta SIN PARABENOS. Pero ¿qué son los parabenos? Se trata de un grupo de conservantes que en ningún caso pueden exceder del 0,4% de la fórmula (0,8% si va en forma de mezcla) y que evita el crecimiento de hongos y microorganismos en nuestras cremas. El problema está en si alguien es alérgico o genera una intolerancia por su uso, pero esto es un caso que puede ocurrir con cualquier otro ingrediente. Incluso con los más naturales. Además, para alcanzar la potencia de los parabenos, igual necesitamos introducir 2 o 3 conservantes más, por lo que puede que al final no nos salga a cuenta…

El jabón con microesferas para el acné: El tema de los productos anti-acné milagrosos es algo que me toca bastante la moral, pero hoy solo hablaré de los que tienen “microesferas”. En muchos casos, los productos que las contienen se venden como exfoliantes. Un exfoliante retira la capa más externa de células muertas y suciedad de la piel, evitando la proliferación de la bacteria que causa las famosas “espinillas” y la obstrucción de poros abiertos. No se deben usar diariamente, dado que así se evita la formación de los aceites necesarios para el mantenimiento sano de la piel y esto puede aumentar el riesgo de infecciones.

Pero el problema no reside ahí, sino en el material del que están hechas: plástico. Son esferas de plástico que no ofrecen ninguna ventaja más allá del roce mecánico con la piel. Hay muchos exfoliantes con microesferas que se degradan o que tienen un efecto activo, pero lo normal en los jabones exfoliantes baratos es que tengan plástico muy difícil de eliminar que luego contamina nuestros océanos y acaban teniendo efectos en la fauna. Como recomendación sin generar un plástico tan complicado, lo mejor para limpiar una cara con acné es usar un gel limpiador (que no jabón) ni hipoalergénico ni comedogénico por la mañana y por la noche.

Mi crema tiene ADN y ARN y por eso es mejor: Esta es una de las mayores estupideces que he visto en el mundo del marketing engañoso. El ADN y el ARN (ácido desoxirribonucleico y ribonucleico) son las moléculas que constituyen nuestro código genético y que se encargan de la regulación de la expresión del mismo. Se tratan de moléculas compuestas por azúcares, fósforo y (desoxi)ribonucleótidos. A pesar de lo guay que suena enviar ADN a tus células para que rejuvenezcan, eso no es posible. En primer lugar, porque no tiene sentido científico, y en segundo lugar porque el ADN es una sustancia que se degrada con mucha facilidad. En cuanto el ADN toca una superficie, lo más probable es que unas enzimas llamadas DNAsas lo degraden.

Lo mismo, pero mucho más rápido, ocurre con el ARN. En el utópico caso de que consiguieran crear una crema sumamente estéril y libre de estas enzimas para poder contener ADN/ARN en condiciones óptimas (ya de por sí muy difícil), en cuanto esta tocase tu piel, estas sustancias lo degradarían porque recubren toda su superficie. Se trata de un sistema de defensa primario de nuestro organismo ante patógenos como virus. Conclusión: desconfía de las cremas que parecen pucheros de la abuela.

Las bonanzas de la coenzima Q10: Ya no hay crema que se precie que no tenga esta molécula. En el mundo de las cremas-puchero, la coenzima Q10 es la legumbre más guay. Las coenzimas son sustancias orgánicas o inorgánicas que complementan a las enzimas permitiéndolas ejercer su acción. ¿Pero qué tiene que ver con mi piel? Pues resulta que, a nivel cosmético, la coenzima Q10 genera un efecto apaisante y reafirmante bastante visible, lo que se vende genial como efecto antiedad. Pero esto lo hace a costa de “pegar” las células muertas (que son las que forman la primera capa de piel) y cerrar los poros, evitando así la renovación correcta de las primeras y la oclusión de los segundos, con el riesgo a formar comedones y quistes por la grasa que no se elimina adecuadamente.

Si tiene 15 SPF, ya me está protegiendo contra el sol: Más vale prevenir que curar, dice el refrán. Por eso, para evitar el envejecimiento prematuro de la piel, que en la mayoría de los casos es producido por la exposición al sol, lo mejor es usar cremas fotoprotectoras. Pero no toda la fotoprotección vale y para la mayoría de las personas la cantidad que aparece en la mayoría de las cremas es insuficiente. En primer lugar porque no es completa, dado que su filtro suele cubrir un tipo de rayos UV, pero no el otro. Sin embargo, las hay que los cubren y añaden un filtro contra infrarrojos para obtener una protección más completa. El otro determinante a tener en cuenta es el SPF o factor de protección solar. Suele ser bajo si aparece como un complemento a la función principal de la crema cosmética, dado que se recomienda mínimo un factor 30 y suelen tener un 15 ó 20. Si tienes propensión a que te salgan manchas, te quemas con facilidad o tienes pecas o lunares, lo mejor es que aumentes al 50. El mejor consejo lo puedes recibir de tu farmacéutica/o y lo mejor puede ser combinar una crema fotoprotectora con tu crema habitual.

El mito +1 es que, a más caro, mejor. Hay cremas que valen cientos de euros y marcas que te venden lujo en una crema hidratante, cuando en realidad no te ofrecen nada que no haya en envases menos atractivos y más baratos. Con esto no quiero decir que una crema hidratante de marca blanca de supermercado sea mejor que una de venta en farmacia por el precio que tiene, pero sí hay que analizar cuáles son las necesidades de tu piel y cuál es la mejor relación calidad/precio que se te ofrece, porque es posible que estés malgastando el dinero o maltratando tu piel. Una de las alternativas que pasa más desapercibida y que puede ser muy interesante si tienes algún tipo de problema en especial es la dermofarmacia. La fabricación de productos cosméticos siguiendo las normas de la Formulación Magistral es un servicio que muy pocas farmacias en España tiene, pero que te permite la posibilidad de obtener una crema hecha a mano, con todas las garantías de calidad y de control, realizada por un farmacéutico especializado en esta labor. Además, en muchos casos es “customizable” y puede llevar un ingrediente que solo tú necesites o quieras. La ventaja es que la elaboración de estos productos no es cara y puedes obtener una crema de altas características por un precio muy bajo. Si además sirve para tratar una enfermedad como las que ya he mencionado, el dermatólogo puede prescribirla en una receta y tu seguro cubrirá la parte proporcional.

Los mitos cosméticos son casi tantos como productos hay, pero espero que con estos siete se os abra la vena crítica y miréis las etiquetas, preguntéis y seáis curiosos antes de comprar algo. Hay muchas farmacias que tienen blogs donde ofrecen consejos, hacen reviews de productos y desmienten mitos, dando información de calidad y lejos de cuentos y mentiras. Y si no encuentras nada que te convenza, siempre puedes acudir a tu especialista más cercano, ya sea médico o farmacéutico, para que te dé el mejor consejo profesional.

Viajes

Lo mejor y lo peor de Japón

Hemos visitado Japón y estas son las mejores y las peores cosas del país.

 

Hace poco más de un año que cumplí uno de mis sueños: visitar Japón. Fue una experiencia increíble, y me da pena no haber hablado de ello más que con la gente que conozco y hoy me siento lo suficientemente nostálgica como para contaros qué tal fue la experiencia.

Lo mejor fue, sin duda, ir con amigos. Aunque los que pasamos más tiempo en Japón fuimos solo tres, poder compartir la pasión y los nuevos descubrimientos con ellos fue increíble. Decidimos que pasaríamos los 15 días en tres ciudades: Kyoto, Osaka e Hiroshima. Podríamos haber exprimido muchas más ciudades, eso seguro, pero no nos compensaba ir con prisa. Queríamos ir con mucha calma, disfrutar de la cultura y memorizar las ciudades.

Algo bueno de ir sin prisa es que podíamos improvisar mucho. Uno de los días en Kyoto, cuando fuimos al Fushimi Inari, anduvimos lo nunca escrito. Fuimos en tren muy temprano, para subir hasta arriba sin sufrir el calor de junio en Japón. Después de un par de horas subiendo, decidimos volver a Kyoto andando. No es mucho, acabo de comprobar que es una hora andando. Fuimos parando por los templos del camino, descansando. Con prisa, ni siquiera nos habríamos planteado la opción.

Fushimi Inari-Taisha. Photo de Dil Assi en Unsplash.

Habíamos oído mucho que comer en Japón era carísimo, y que sería lo que más nos dolería. Teníamos muchas ganas de probar la gastronomía japonesa, pero íbamos siempre buscando lugares que se portaran bien con nuestro bolsillo. Además, era complicado encontrar lugares donde comer porque uno de los tres era vegetariano (es curioso, porque ahora los tres lo somos) y en Japón es tan raro serlo que se creen que un vegetariano come pescado.

Nuestra salvación fueron, señoras y señores, los bares cutres de udon. Es muy fácil que pasen desapercibidos, escondidos entre los relucientes neones de los restautantes caros, pero están ahí. Por 300 yenes (alrededor de 2,5o euros) cada día tomábamos un cuenco de udón, que son unos fideos gruesos de harina de trigo, en caldo y con algas y tofu frito. Era suficiente para llenarnos sin gastar dinero. Por supuesto, así podíamos permitirnos caprichos como probar el ramen de Ichiran Ramen en Kyoto, o ir al karaoke.

“Bar cutre” de udón

Kyoto nos sorprendió mucho porque, pese a ser de las ciudades más importantes de Japón, era muy tradicional. Los edificios no superaban los tres pisos y había templos por doquier. Osaka era todo lo contrario: aunque a veces podías encontrar un pequeño templo escondido, todo eran rascacielos y neones.

Y, aunque queráis matarme, fue increíble poder pasar un día en el parque temático de Universal Studios de Osaka. Allí está el mundo de Harry Potter, y casi me da un chungo conforme se acercaba la fecha. Fue el único día que nos llovió en Japón, y madre mía lo que llovió. Íbamos empapados hasta la ropa interior, y eso que llevábamos chubasqueros. Pero eso hizo que la gente se fuera antes y pudiéramos montarnos en la atracción del castillo de Hogwarts hasta tres veces, cuando incluso a veces la gente se tiene que ir sin montarse una sola vez por las colas que se forman.

Es desconcertante que nadie hable inglés. Eso hace que sea muy difícil comunicarse, pedir indicaciones o comer en un bar cutre de udón. Si vas a ir a Japón es recomendable chapurrear cosas básicas, o llevar Internet en el móvil para traducir en todo momento. Ni siquiera la gente que trabaja de cara al público habla inglés, tan solo los recepcionistas en los hostales. Muy curioso.

La verdad es que no me arrepiento de no haber ido a Tokyo porque sé que, cuando vaya, iré sin prisa por ver todo Japón. Es un país demasiado maravilloso (y muy lejano) como para verlo deprisa, con horarios y con el objetivo de hacer la foto en el sitio de turno y rumbo al siguiente monumento.  Espero que, cuando vayas, lo pases tan bien como yo.