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Mi experiencia en un campamento religioso

A los ocho años pasé una semana y media en un campamento religioso

Yo vengo de una familia religiosa y me crié en la religión cristiana. Iba a misa todos los domingos y los días festivos, hice la Comunión y, cuando tuve edad de ir a un campamento de verano, fue uno religioso.

Era el campamento que organizaba una comunidad franciscana en Santo Ángel, un pueblo de Murcia, hace unos quince años. Yo tenía ocho, nunca había ido a un campamento y tenía muchas ganas de ir. Tan solo duraba una semana y media y conocía de vista a algunos de los niños de ir a la iglesia cada semana. Mis padres decían que era muy valiente por irme sola, pero yo lo veía algo normal. Me dejaron en el autobús y pusimos rumbo al lugar donde sería el campamento.

El autobús no podía llegar hasta el albergue donde nos alojaríamos porque era montaña y el camino era difícil. Recuerdo que estaba muy cerca de Cehegín, otro pueblo de Murcia. El albergue era una casa enorme de unos dos pisos, en medio de la nada, y todo era muy viejo y estaba bastante descuidado. Nos separaron a las niñas de los niños para enseñarnos dónde dormiríamos: una habitación larga y estrecha, con unos treinta colchones de distintas alturas en el suelo. Éramos más niñas que camas y durante cuatro días me tocó dormir entre dos colchones, inclinada. Una de mis amigas pidió a sus padres que la recogieran a mitad del campamento, y pude ocupar su colchón.

Hacíamos muchos juegos y eran divertidos, como juegos con la pelota, de cartas, de encontrar pistas…, pero otros eran bastante asquerosos y nos obligaban a participar aunque no quisiéramos. Por ejemplo, había una prueba donde nos ponían frente a otro niño, que tenía un polvorón en la boca. El que tenía el polvorón tenía que cantar una canción y la prueba era que tenías que aguantar que te cayeran las babas y la comida en la cara. Si te apartabas, perdías. Otra prueba del mismo juego era hacer “una tarta” en la cabeza de tu compañero: esclafar huevos, echar harina, azúcar…

Era un campamento de verano… así que tenía que haber piscina. Nuestra piscina consistía en una pequeña balsa, donde cabían quince niños como muchísimo, bajo los árboles. Le daba toda la sombra y, al no ser una piscina como tal, el agua estaba sucia y verde. Si no queríamos meternos, nos obligaban. Yo vi cómo una niña se envolvía en la toalla para evitar meterse y los monitores la cogían entre risas y la metían. Para ellos podía ser divertido, pero estoy segura de que a la niña no le hizo ninguna gracia.

Luego tocaba la ducha. Nos duchábamos de tres en tres, el agua estaba helada y recuerdo que nos cronometraban. Apenas nos daba tiempo a quitarnos la suciedad de encima. Además, era fácil encontrar cucarachas sobre el retrete. Cuando volví a casa del campamento lo primero que hice fue ducharme, y el agua corría verde.

Una vez nos llevaron a una piscina pública: la piscina municipal de Bullas. Esa piscina era genial, pero para llegar allí tuvimos que andar durante hora y media. No tengo ningún problema en andar, pero teniendo ocho años y con todo el calor del verano de Murcia sobre nosotros el camino parecía infinito.

Por supuesto, había misa. Todas las mañanas rezábamos durante diez minutos y, el domingo, durante una hora. Mis amigas y yo nos saltábamos la misa del domingo.

Recuerdo que un día pudimos llamar a nuestras familias. Yo tenía móvil, pero estaba requisado por los monitores, pero esa noche nos dejaron hablar con nuestros padres, y me preguntaron qué tal estaba. Me hubiera encantado decirles que vinieran a por mí, que era horrible, pero el monitor estaba delante de mí vigilando y no me atreví. Cuando volví a casa y les conté todo el percal, acordamos tener una palabra clave por si algo así volvía a ocurrir.

La verdad es que la experiencia fue un poco extraña. Fue mi primer campamento, no sabía qué esperar. Lo pasé mal por la situación y el planteamiento del campamento, pero tampoco estaba tan mal como para llorar y pedir a mis padres que vinieran a por mí. No tuve problema con otros campamentos a los que fui después. ¿Habéis tenido alguna experiencia similar en un campamento de verano?

Los helados de moda llegan a Madrid

Así se preparan los helados taiyaki.

Los taiyakis son, tradicionalmente, un pastel típico japonés en forma de pez. Cuando estuve en Osaka pude probarlos calientes, rellenos de batata y de pasta de judías. Pero en La Pecera (@wearelapecera) le han dado un refrescante enfoque: rellenos de helado.

Hace más o menos un año que abrieron un pequeño local en Malasaña (Calle Velarde, 2), pero el nuevo local en Calle Goya, 56 nos ha enamorado. Además de servir nuevos sabores de helado, traen novedades en cuanto a dulces y bebidas.

Rápida foto de los taiyakis sin relleno antes de pedir el nuestro.

Para los que no hayáis probado nunca el taiyaki, la masa es suave y con un sabor parecido al gofre. Nuestros rellenos de helado favoritos fueron Té Matcha, Pink Lemonade y Salted Caramel. Lo más divertido es ponerle toppings como malvaviscos y sirope de chocolate por encima.

Pero la oferta de este local no se queda aquí; nos llamaron mucho la atención las bebidas frías de jengibre y café que sirven, por ejemplo, y también unos dulces gelatinosos que llaman “medusas”. Son preciosos y están riquísimos.

¡Mirad la perla que tienen! Todo está cuidado al detalle.

El aspecto es llamativo y el sabor, interesante.

Y han sabido medir a la perfección el que todo sea precioso porque si vais a La Pecera de Calle Goya además de probar todo esto, no podréis iros del local sin sacar fotografías para Instagram. El sitio ha sido decorado con tonos rosa pastel y azul intenso y eso lo hace irresistible, y combinado con el increíble sabor y estética de sus helados hará que tu perfil de Instagram destaque como nunca lo ha hecho. Esta es la experiencia ideal para el verano.

Deep blue life 💙

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