Cultura

Me he apuntado a boxeo y esta es mi experiencia

Mi primera experiencia con el boxeo no está siendo como esperaba y necesito compartirlo con vosotros.

Esta podría ser yo solo que no lo soy.

Este verano decidí que me iba a apuntar al gimnasio. Una llega a una edad en la que necesita dejar el sedentarismo y hacer algo por moverse. Aunque ando mucho, no es suficiente. Quería ponerme en forma.

El problema es el de siempre: no me gustan los gimnasios. Me aburre correr en una cinta, o pedalear en una bicicleta estática. Alguna vez he ido a clases de aeróbic o zumba, y eso estaba bien. Pero entonces una amiga me contó las maravillas del fitboxing, una modalidad del boxeo para ponerte en forma. No es boxeo de contacto (en el que te pegas con alguien) así que no hay peligro de morir. O eso pensaba yo.

Fui a mi primera clase con mente abierta: iba a ser la nueva, no he hecho deporte en mi vida, igual vomitaba. Todo fue genial. Me explicaron cómo funcionaba a la clase, cómo vendarme las manos y técnica básica para pegar al saco. Todo esto es muy importante porque, al fin y al cabo, podría lesionarme si no hago bien los ejercicios. Igual que cuando aprendes a hacer yoga en tu cuarto podrías lesionarte porque no hay nadie corrigiéndote la postura, en el boxeo es importante protegerte las manos y aprender a pegar.

Expectativas de cómo crees que vas a lucir en el gimnasio. Pista: no es así.

Lo primero que pensé es que me veía muy ridícula con unos guantes de boxeo tan grandes como mi cara. Luego tuve que dejar de pensar porque no me llegaba suficiente oxígeno al cerebro. La clase fue muy dura, pero satisfactoria. Eso sí, sudé por recovecos de mi cuerpo que ni sabía que podían sudar. Pero me fui a mi casa contenta, bebiendo mucha agua y mandando audios a mis amigos y familiares contándoles la experiencia porque seguía viva y eso era para estar orgullosa. Había superado mi primer día de boxeo y podía comer felizmente porque me lo merecía.

Sin embargo, la desdicha llegó al día siguiente. Estaba tumbada en la cama, y me despertó la luz del sol a través de las cortinas. Todo parecía augurar un bello y hermoso día, hasta que moví el culete para cambiar de posición: no podía. O sea, sí podía, pero dolía a muerte. Eso es, hermanos, la desdicha había entrado a mi vida en forma de agujetas. Y me dolía absolutamente todo.

Ese día no pude hacer más ue vivir entre quejas, porque el dolor era insoportable. A los tres días desapareció, pero tocó la segunda clase de boxeo. Y ahí estaban otra vez, las agujetas. El dolor. El infierno. Escribo esto tras mi tercera clase, con dolor en el cuello y los brazos, preguntándome si algún día remitirán las agujetas. Si volveré a andar sin poner muecas de incomodidad en la cara.

No me esperaba tener tantas agujetas, aunque se compensa con la fuerza de voluntad que le estoy poniendo. Me gusta ir porque me lo paso bien en la clase de boxeo, he conseguido superar mi pereza y miedo a ir al gimnasio y no ser buena o patosa (que lo sigo siendo, pero como que ahora me da igual) y me estoy poniendo, poco a poco, en forma.

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