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Mi peor experiencia de Tinder

Sin contexto alguno me dice: “Mañana tengo que ir al juzgado a declarar porque mi exnovia me ha denunciado por malos tratos”. Imaginad mi cara. 

Hoy vengo a contaros una historia real y no muy divertida. Ahora la cuento como una anécdota pero la persona de la que voy a hablar sigue por ahí teniendo citas con chicas por la aplicación Tinder y eso no debería ser así. Os cuento.

En diciembre de 2018 quedé con un chico por la aplicación. No recuerdo su nombre, pero sé que me dijo que era coreano y en su perfil solo tenía las iniciales puestas. Vamos a llamarle Pablo.

Quedamos una tarde, con mucha luz del sol. No me gusta quedar con gente desconocida por la noche para absolutamente nada. Y siempre ha de ser en un sitio muy público. Así que quedamos en la plaza de Sol, en Madrid. He de puntualizar que llegó bastante tarde y no me avisó, yo casi pensé que me estaban dando plantón. Y ojalá.

Cuando llegó fuimos a un bar que estaba por ahí cerca. Me dijo que ese sitio le gustaba, pero que pensaba que las camareras le miraban mal “porque siempre estaba trayendo ahí a chicas”. Me pareció un comentario un poco extraño para hacer la primera vez que conoces a una de esas chicas, pero lo dejé pasar. Yo soy mucho de asimilar la información y no decir nada.

Pedimos unas bravas y una cerveza. Pablo era serio y un poco pasota, pero tampoco se puede juzgar a nadie a los dos minutos de conocerla. Es justo cuando nos traen nuestro pedido que me suelta el principio de lo que iba a ser la peor cita que he tenido nunca. Sin contexto alguno me dice: “Mañana tengo que ir al juzgado a declarar porque mi exnovia me ha denunciado por malos tratos”. Imaginad mi cara.

Ya os he dicho que soy mucho de asimilar la información y reaccionar más tarde. Mucha gente diría que lo apropiado habría sido levantarme e irme. Pero me vi rodeada de gente, a la luz del día, me acababan de traer mis patatas y no me sentí en peligro. Pensé que podría ser peor levantarme e irme de malas, así que mentalmente apunté “bien, este tío está probablemente pirado, me tomo esta y me voy”. Y siempre con mucho cuidado de no dejar mi copa a su alcance.

Me contó la historia: pegaba a su novia y ella le había denunciado por intentar estrangularla con una bufanda en la calle. Mi cara: un poema.

Yo intentaba contar bastante poco sobre mí, porque no tenía ganas de que esta persona pudiera luego localizarme de ningún modo. Así que Pablo siguió contándome sus cosas, sobre todo sus aventuras por Tinder. A todas nos escribía con la misma pick-up line, que era súper fácil atraer a las chicas así. Chico, es una pick-up line y estamos en Tinder, no es porque seas el genio de los versos. Pero eso no se lo dije.

También me estuvo contando que solo salía con chicas “occidentales” porque las orientales le parecían feísimas. Maltratador, estúpido y racista. Pronto se iba a añadir el adjetivo “gordófobo”, pues me enseñó que había abierto conversaciones con chicas gordas a su parecer tan solo para insultarlas. Me enseñó esas conversaciones, de verdad que no me lo estoy inventando.

Ya quedaba poco de patatas cuando hubo un momento de silencio en el que inicié conversación. La inicié diciendo algo así como “pues yo ayer hice x cosa…” y a los pocos segundos me interrumpió para decirme…

– Oye, ¿conoces el test de las 16 personalidades?”. Os dejo el enlace por si no lo conocéis.
– Sí, lo conozco -contesté.
– Tú eres del tipo “Arquitecto”, el INTJ-T, ¿verdad?

Me quedé de piedra porque esa era mi personalidad, efectivamente. El psicópata me había analizado la personalidad en esos veinte minutos. Me dijo que era porque él también lo era y que los “arquitectos” hacían mucho eso de entablar conversación con lo que habían hecho a lo largo del día o de la semana. Yo estaba de piedra. Quería irme ya.

Pagamos, nos levantamos y nos dirigimos al metro. Me preguntó si quería ir a su casa y naturalmente le dije que no. Lo pasé un poco mal porque luego resultó que nos bajábamos en la misma parada, pero en cuanto le perdí de vista me fui por un camino distinto al mío y me metí en un bar. Me tomé una botellita de agua, esperé diez minutos y ya salí. No sé si es lo más acertado, pero preferí hacer eso a ir directamente a mi casa.

Este chico sigue por Tinder y, por mucho que haya denunciado su cuenta, sé que sigue ahí porque les ha salido a amigas mías. La aplicación es solo una aplicación, no es mala ni buena. Pero las personas que hay son como “en la vida real”, como en un bar. Puedes encontrarte a gente muy guay o a auténticos psicópatas. Si quedáis con gente hacedlo siempre con mucho cuidado, compartid la ubicación por whatsapp con amigas, que siempre alguien sepa dónde estáis.

No he sabido más de Pablo y me quitó el match después de aquel día.

Así está siendo mi cuarentena

Mi experiencia hasta ahora.

Algunos me conoceréis como la voz de la persona invisible que escribe algunos de los artículos en Omglobalnews, y otros sabéis quién soy: me llamo Paloma, tengo 25 años, y vivo en Madrid. Hoy os voy a contar cómo y en qué circunstancias me ha pillado la cuarentena, historia personal. Y me encantaría que vosotros me contarais cómo lleváis la vuestra, podéis escribirnos a las redes sociales de @omglobalnews.

Vivo en un piso alquilado en Madrid con mi compañera de piso. Ella estaba haciendo prácticas universitarias dando charlas a adolescentes en los institutos y yo estaba trabajando en el rodaje de una serie antes de todo esto. Fue entonces cuando se dio la noticia, a mediados de marzo, de que se cerraban las universidades, pero yo seguía trabajando. Mi compañera se fue a Murcia aquel fin de semana porque tenía hora con el dentista, y fue durante ese finde que se declaró el estado de alarma. Ella en principio se iba solo durante unos días y ya casi hará un mes que estoy sola en el piso.

Como muchos otros, no estoy trabajando. Por lo menos no en el rodaje del que hablaba antes, ya que se ha retrasado. Hasta ahora, he salido tres veces a la calle para ir al supermercado. Y he bajado la basura un par de veces por semana, pero eso no cuenta porque en Madrid tenemos los cubos en nuestros portales. No tengo mascotas, así que no saco a pasear a nadie ni tengo otro ser vivo con el que interactuar. Mi cactus murió poco antes de la cuarentena.

Anímicamente estoy bien. Me he puesto una rutina. Todos los días (excepto los domingos, que me permito hacer la vaga) me levanto, desayuno, hago ejercicio a las doce, me ducho, me visto y me hago la comida. Si ese día he decidido grabar algún vídeo para YouTube o Instagram, suelo hacerlo después de comer. Entre semana a las cinco de la tarde grabamos el podcast de Los Destacados en Cuarentena. Y después aprovecho para escribir por aquí, hacer una videollamada a mis amigos, o ver alguna serie. Los sábados por la noche hacemos una videollamada grupal en mi grupo de amigos y vemos una película mala mientras cenamos y nos bebemos una copita de vino. De momento hemos visto “Cats”, “Crepúsculo” y “Luna Nueva”. Lo guay es ir comentándolo, la peli es lo de menos.

También ha habido mucho de “reorganizar”. Tenía varios viajecillos pensados para estas fechas pero se han cancelado. Me da penilla, pero en esta situación es lo que toca. Estoy de momento intentando cambiarlos de fecha, lo bueno de todo esto es que muchas empresas se portan y facilitan esta medida sin demasiados cargos adicionales.

Cuando hace sol, me saco un taburete al balcón y leo. Solo cabe un taburete pequeño, ni siquiera una silla con respaldo, pero es suficiente. Hay mucha gente que ni siquiera tiene una ventana que dé al exterior en su casa, así que estoy muy agradecida por mi balconcito al sol.

Todos los días a las ocho me pregunto cómo trataremos a los sanitarios y a los cajeros de los supermercados después de todo esto. “Os aplaudimos ahora pero que no se os suba a la cabeza”. Yo creo que deberíamos luchar más por sus derechos y condiciones laborales y no solo aplaudirles durante estos días. No lo estarían pasando tan mal si tuvieran recursos y mascarillas para todos. Mi vecino de enfrente grita “¡Viva España!” durante los aplausos pero escupe desde el balcón a la gente que pasa por debajo, en la calle.

Podría decir que ya me he acostumbrado a estar sola aunque la primera semana fue, sin duda, la más dura. Estaba muy sensible y decidí comprarme una tableta de chocolate que aún me dura. Echo de menos salir y ver a mis amigos, pero las videollamadas hacen que estemos todo el rato en contacto. Me gustaría tener un horno para aprender a hacer pan o lasaña vegetal. Y estoy viendo series que ya tienen un tiempo y nunca vi, parece que es su momento. Los días se pasan muy rápidos, apenas de me da tiempo a aburrirme. Mañana me toca volver al supermercado porque me he quedado sin verdura, fruta y pan de molde. Además, tengo la regla, así que creo que compraré otra tableta de chocolate.

 

5 cosas sorprendentes sobre los gatos

Soy la madrina de un gato y esta es mi experiencia

Yo no tengo gato, pero resulta que soy la madrina de uno: Chi. Chi fue adoptado hace un año y unos meses por dos amigas y un día acabé siendo su madrina. Un día ellas tenían que viajar y me dejaron la llave para poder hacerle compañía y cambiarle la arena de vez en cuando.

Mi idea de los gatos era la siguiente: un animal pequeño, ágil, y que te mira acechando esperando a que te mueras -y, a veces, planeando tu muerte- para poder devorarte mientras los vecinos se dan cuenta de tu ausencia. Pero Chi me ha demostrado que no todos los gatos son así. Estas son las cinco cosas que más me han sorprendido de Chi:

1. Chi me trae juguetes para que juegue con él. Tiene sus favoritos: normalmente le gustan los ratones de juguete, un muelle amarillo y un juguete de Dori de Buscando a Nemo que todavía lleva la etiqueta puesta. Cuando se aburre me acerca el juguete de su elección para ese momento del día y lo suelta muy cerca de mí, para que lo vea. Una vez lo lanzo lejos, el gatete corre a por él y repetimos la acción hasta que se aburre.

2. Va por ciclos de 20 minutos. Durante 20 minutos está súper activo, revoltoso, travieso. Lo tira todo, descuelga el teléfono, vuelva la basura, intenta echarse el árbol de Navidad encima. Y después, 20 minutos de descanso en los que se tira en el suelo o se echa una siestita. Y vuelta a empezar. La calma nunca dura demasiado tiempo.

3. Este gato es sorprendentemente torpe. Yo pensaba que todos los gatos eran gráciles y delicados, pero este gato salta y se estampa con todo lo que esté en su camino. Jarrones, botellas, plantas, objetos sobre el estante, la pared. ¡Cuántas veces le habré visto estamparse contra la pared! Increíble.

4. Chi me habla. Cuando no le estoy prestando demasiada atención dice ‘miau’, y cuando voy al baño me sigue y se queda en la puerta esperando. Si ve que tardo más de 30 segundos maúlla, así que le tengo que responder para que me escuche y vea que sigo viva. A los 30 segundos, otra vez: ‘miau’. Hasta que salgo y ya el pobre comprueba que no me he colado por el váter.

5. Los gatos pueden ser increíblemente cariñosos. Chi echa de menos a sus mamás, y maúlla muchísimo cuando escucha el sonido del ascensor. Cuando llego, después de haber estado fuera casi un día entero, empieza a darme cabezazos. En algún lugar leí que eso es un símbolo de que los gatos te quieren, y este gato no deja de darme cabezazos cuando entro por la puerta. Ojalá signifique eso y no otra cosa. Pero vamos, que soy feliz sintiendo que esta cosita blanca y revoltosa me quiere por tirarle su muelle amarillo durante 20 minutos al día.

Estas son cinco cosas que me han sorprendido de este gato, pero dime: ¿qué cosas hace tu gato que te provocan sorpresa? Cuéntanoslo por redes sociales y mándanos fotos de tus mascotas.

He aprendido a montar en bici a los 24 años y esta es mi experiencia

No tuve alternativa: si quería sobrevivir, tenía que aprender.

Photo by sabina fratila on Unsplash

Espero que mi dramatismo no os cause ningún rechazo, pero os voy a contar la historia de cómo tuve que aprender a montar en bicicleta a mis 24 años. Fue durante este mes de septiembre. Hice un viaje a Delft, Holanda, y me avisaron previamente: nuestro medio de transporte va a ser la bicicleta.

Me entraron sudores fríos. Tengo recuerdos de haber usado una bicicleta en mi más tierna infancia, con unos 5 o 6 años. Pero cuando le hablo de ello a mis padres, ellos responden que nunca salí de la calle de casa. Así que, realmente, ir en bici por una calle recta dando vueltas a los 5 años no cuenta mucho como experiencia de “montar en bicicleta”. Mi primer enfrentamiento real iba a ser en el país donde existen más bicis que personas, donde los coches no tienen preferencia, donde los bebés nacen pedaleando.

Tuve varios meses para mentalizarme, ninguno de los cuales hice algo por ensayar más que utilizar dos veces la bicicleta elíptica del gimnasio. Digo dos veces porque tampoco os vayáis a pensar que estoy amortizando mi suscripción al gym. De todos modos, no es algo muy útil porque lo importante es mantener el equilibrio. Cuando por fin llegó el día de coger una bici, descubrí que mantener el equilibrio no era lo difícil. Lo más complicado era algo que me ha perseguido desde pequeña, y que en este nuevo reto de mi vida no iba a ser menos: mi altura.

Había varias posibilidades a la hora de conseguir unas bicicletas para ese fin de semana. Hay empresas que donde puedes alquilar bicis, los hoteles también suelen tener varias disponibles para alquiler. Por comodidad y conveniencia, decidimos utilizar una aplicación que era muy fácil de usar: a través del mapa buscas la bici más cercana, la desbloqueas con un código QR y la bloqueas una vez finalizado el viaje. Lo malo de esta aplicación es que no puedes elegir el tamaño de las bicicletas porque son todas iguales y, aunque se puede regular el sillín, no baja demasiado. Yo no llegaba al suelo y me sentía vulnerable.

Muchas veces a lo largo del camino tenía que bajar de la bicicleta porque había que parar: lo que para una persona de altura media lo más normal es poner un pie en la carretera para mí era una hazaña imposible. Y luego volver a subir era complicado, porque tenía que saltar y rezar porque la gravedad no jugara en mi contra.

Photo by David Marcu on Unsplash

Fueron cuatro días intensos por el carril bici. Los autobuses pasaban muy cerca, cruzar carreteras con coches me ponía nerviosa y no hablemos de subir y bajar puentes. Qué calor, qué agujetas, qué velocidades. Ahora tengo gemelos de cemento. Menos mal que no me llovió. Eso, para otro viaje.

Lo importante es que fue una experiencia divertida, que mi hermano ya no puede reírse de mí por no saber montar en bici, y que ahora nadie sabría diferenciarme de una holandesa por mi habilidad en el manillar. Más o menos.

¿Cuál ha sido tu experiencia favorita con el transporte público? Cuéntanos en nuestras redes sociales, tanto en Twitter como en Instagram.

He discutido con mis amigas | Julen’s Stories

He pasado el fin de semana con mis amigas en París y hemos discutido. Y admito que me siento encantado de haber conocido a mis compañeras de discusión.

Con Izas en Le Sacre Coeur

Con poca gente discuto tanto como con ellas. Lo hacemos ininterrumpidamente todas las horas que nos permite el día. Es lo primero que hacemos nada más levantarnos y lo último que hacemos antes de dormir. Véase como excepción las horas nocturnas que pasamos durmiendo (que fueron pocas). El silencio de aquellas horas muertas lo ocupa algún ronquido incivilizado que pone las bases de lo que será la primera conversación matutina como “madre mía cómo roncáis los de allí” o “yo creo que ha sido ella porque el ronquido venía del sofá” o “ha sido Julen seguro” o “que no, creedme que ha sido ella”, y un eterno etcétera.

Hace un par de semanas llamé a mi madre para contarle que me iba de viaje a París junto a mis amigas Myri e Izas a visitar a Nerea, que desde hace un tiempo reside allí. Cuatro comunicadores que empezaron compartiendo aula en la universidad del País Vasco, para luego compartir una relación de simpatía y que terminó afianzándose a la vez que se creo de la nada e inesperadamente un grupo de WhatsApp que más tarde terminó teniendo más emojis que letras en el título y mucho futuro.

En aquella llamada mi madre me dijo: “¡Qué bien! ¡Seguro que os da tiempo hasta de discutir!” Y avanzándome a los hechos respondí: “Créeme que será lo primero que hagamos en cuanto nos veamos en el aeropuerto”. Y el aeropuerto Charles de Gaulle fue testigo de que así sucedió.

Cuando vivía con mi padre y mi madre siempre se cenaba con el telediario puesto. Bajito para que no molestase, pero puesto. Si resultaba que se presentaba alguna noticia interesante se subía el volumen del televisor para prestar la atención que se merecía. Luego se bajaba y se examinaba la noticia proponiendo argumentos a favor o en contra. Y no pocas veces nos hemos visto en la tesitura de que era la misma persona la que presentaba el argumento de favor y el de contra llevándose la contraria a si misma.

Esas situaciones me han enseñado a entender que cada uno tiene su propia opinión, su propio punto de vista, sus razones para pensar X o Y incluso en el mismo círculo social. O que muchas veces aún pensando lo mismo se puede llegar a expresarlo de manera distinta. Por eso digo que Discutir es deporte nacional en mi casa.

El río Sena atravesando París.

París fue testigo de varios temas que ocuparon nuestra estancia: la situación de la política vasca, la inmovilidad de la juventud, el periodismo en formato selfie, el trabajo precario, la distinción (o no distinción) del artista y su obra,… en algunos temas coincidíamos en opinión, en otros, como es normal, no, y en los que no tenía demasiada idea me quedaba en silencio hasta identificar qué opinión me podría representar más.

Lo que ha sido deporte nacional en el viaje a París no es apto para todos y como en todo deporte, practicarlo hace que seas mejor y más empático. ¡Y mis amigas son unas pros!

Hemos convivido 5 personas en un estudio de 40 metros, hemos probado soupe à l’oignon, hemos comido fondue hasta reventar, hemos paseado nuestros 15-20km diarios, hemos pagado 8,5€ por una Fanta de naranja, hemos sacado mil fotos diarias, hemos acompañado a que Myri comprase sus caprichos en las tiendas caras de París y nos hemos emborrachado en una fiesta privada en la que no estábamos invitados. Y todo eso acompañado de una copa de vino blanco y una buena discusión.

Sin ningún ánimo de que esto suene divertido ni gracioso a veces pienso que debería existir una asignatura en la escuela donde poner en práctica la ciencia del debate. Imagina durante un segundo cuántos problemas y cuántas peleas podríamos evitar si dos (o más) individuos fuesen capaces de proponer sus argumentos como la sociedad civilizada que decimos ser.

Podríamos decir, casi sin exagerar, que hemos pasado el fin de semana en París arreglando el mundo con nuestras discusiones. Admito que me siento encantado de haber conocido a mis compañeras de discusión.

Mi experiencia en un campamento religioso

Imagina el musical La Llamada, pero mil veces peor.

 

A los ocho años pasé una semana y media en un campamento religioso

Yo vengo de una familia religiosa y me crié en la religión cristiana. Iba a misa todos los domingos y los días festivos, hice la Comunión y, cuando tuve edad de ir a un campamento de verano, fue uno religioso.

Era el campamento que organizaba una comunidad franciscana en Santo Ángel, un pueblo de Murcia, hace unos quince años. Yo tenía ocho, nunca había ido a un campamento y tenía muchas ganas de ir. Tan solo duraba una semana y media y conocía de vista a algunos de los niños de ir a la iglesia cada semana. Mis padres decían que era muy valiente por irme sola, pero yo lo veía algo normal. Me dejaron en el autobús y pusimos rumbo al lugar donde sería el campamento.

El autobús no podía llegar hasta el albergue donde nos alojaríamos porque era montaña y el camino era difícil. Recuerdo que estaba muy cerca de Cehegín, otro pueblo de Murcia. El albergue era una casa enorme de unos dos pisos, en medio de la nada, y todo era muy viejo y estaba bastante descuidado. Nos separaron a las niñas de los niños para enseñarnos dónde dormiríamos: una habitación larga y estrecha, con unos treinta colchones de distintas alturas en el suelo. Éramos más niñas que camas y durante cuatro días me tocó dormir entre dos colchones, inclinada. Una de mis amigas pidió a sus padres que la recogieran a mitad del campamento, y pude ocupar su colchón.

Hacíamos muchos juegos y eran divertidos, como juegos con la pelota, de cartas, de encontrar pistas…, pero otros eran bastante asquerosos y nos obligaban a participar aunque no quisiéramos. Por ejemplo, había una prueba donde nos ponían frente a otro niño, que tenía un polvorón en la boca. El que tenía el polvorón tenía que cantar una canción y la prueba era que tenías que aguantar que te cayeran las babas y la comida en la cara. Si te apartabas, perdías. Otra prueba del mismo juego era hacer “una tarta” en la cabeza de tu compañero: esclafar huevos, echar harina, azúcar…

Era un campamento de verano… así que tenía que haber piscina. Nuestra piscina consistía en una pequeña balsa, donde cabían quince niños como muchísimo, bajo los árboles. Le daba toda la sombra y, al no ser una piscina como tal, el agua estaba sucia y verde. Si no queríamos meternos, nos obligaban. Yo vi cómo una niña se envolvía en la toalla para evitar meterse y los monitores la cogían entre risas y la metían. Para ellos podía ser divertido, pero estoy segura de que a la niña no le hizo ninguna gracia.

Luego tocaba la ducha. Nos duchábamos de tres en tres, el agua estaba helada y recuerdo que nos cronometraban. Apenas nos daba tiempo a quitarnos la suciedad de encima. Además, era fácil encontrar cucarachas sobre el retrete. Cuando volví a casa del campamento lo primero que hice fue ducharme, y el agua corría verde.

Una vez nos llevaron a una piscina pública: la piscina municipal de Bullas. Esa piscina era genial, pero para llegar allí tuvimos que andar durante hora y media. No tengo ningún problema en andar, pero teniendo ocho años y con todo el calor del verano de Murcia sobre nosotros el camino parecía infinito.

Por supuesto, había misa. Todas las mañanas rezábamos durante diez minutos y, el domingo, durante una hora. Mis amigas y yo nos saltábamos la misa del domingo.

Recuerdo que un día pudimos llamar a nuestras familias. Yo tenía móvil, pero estaba requisado por los monitores, pero esa noche nos dejaron hablar con nuestros padres, y me preguntaron qué tal estaba. Me hubiera encantado decirles que vinieran a por mí, que era horrible, pero el monitor estaba delante de mí vigilando y no me atreví. Cuando volví a casa y les conté todo el percal, acordamos tener una palabra clave por si algo así volvía a ocurrir.

La verdad es que la experiencia fue un poco extraña. Fue mi primer campamento, no sabía qué esperar. Lo pasé mal por la situación y el planteamiento del campamento, pero tampoco estaba tan mal como para llorar y pedir a mis padres que vinieran a por mí. No tuve problema con otros campamentos a los que fui después. ¿Habéis tenido alguna experiencia similar en un campamento de verano?