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He aprendido a montar en bici a los 24 años y esta es mi experiencia

No tuve alternativa: si quería sobrevivir, tenía que aprender.

Photo by sabina fratila on Unsplash

Espero que mi dramatismo no os cause ningún rechazo, pero os voy a contar la historia de cómo tuve que aprender a montar en bicicleta a mis 24 años. Fue durante este mes de septiembre. Hice un viaje a Delft, Holanda, y me avisaron previamente: nuestro medio de transporte va a ser la bicicleta.

Me entraron sudores fríos. Tengo recuerdos de haber usado una bicicleta en mi más tierna infancia, con unos 5 o 6 años. Pero cuando le hablo de ello a mis padres, ellos responden que nunca salí de la calle de casa. Así que, realmente, ir en bici por una calle recta dando vueltas a los 5 años no cuenta mucho como experiencia de “montar en bicicleta”. Mi primer enfrentamiento real iba a ser en el país donde existen más bicis que personas, donde los coches no tienen preferencia, donde los bebés nacen pedaleando.

Tuve varios meses para mentalizarme, ninguno de los cuales hice algo por ensayar más que utilizar dos veces la bicicleta elíptica del gimnasio. Digo dos veces porque tampoco os vayáis a pensar que estoy amortizando mi suscripción al gym. De todos modos, no es algo muy útil porque lo importante es mantener el equilibrio. Cuando por fin llegó el día de coger una bici, descubrí que mantener el equilibrio no era lo difícil. Lo más complicado era algo que me ha perseguido desde pequeña, y que en este nuevo reto de mi vida no iba a ser menos: mi altura.

Había varias posibilidades a la hora de conseguir unas bicicletas para ese fin de semana. Hay empresas que donde puedes alquilar bicis, los hoteles también suelen tener varias disponibles para alquiler. Por comodidad y conveniencia, decidimos utilizar una aplicación que era muy fácil de usar: a través del mapa buscas la bici más cercana, la desbloqueas con un código QR y la bloqueas una vez finalizado el viaje. Lo malo de esta aplicación es que no puedes elegir el tamaño de las bicicletas porque son todas iguales y, aunque se puede regular el sillín, no baja demasiado. Yo no llegaba al suelo y me sentía vulnerable.

Muchas veces a lo largo del camino tenía que bajar de la bicicleta porque había que parar: lo que para una persona de altura media lo más normal es poner un pie en la carretera para mí era una hazaña imposible. Y luego volver a subir era complicado, porque tenía que saltar y rezar porque la gravedad no jugara en mi contra.

Photo by David Marcu on Unsplash

Fueron cuatro días intensos por el carril bici. Los autobuses pasaban muy cerca, cruzar carreteras con coches me ponía nerviosa y no hablemos de subir y bajar puentes. Qué calor, qué agujetas, qué velocidades. Ahora tengo gemelos de cemento. Menos mal que no me llovió. Eso, para otro viaje.

Lo importante es que fue una experiencia divertida, que mi hermano ya no puede reírse de mí por no saber montar en bici, y que ahora nadie sabría diferenciarme de una holandesa por mi habilidad en el manillar. Más o menos.

¿Cuál ha sido tu experiencia favorita con el transporte público? Cuéntanos en nuestras redes sociales, tanto en Twitter como en Instagram.

He discutido con mis amigas | Julen’s Stories

He pasado el fin de semana con mis amigas en París y hemos discutido. Y admito que me siento encantado de haber conocido a mis compañeras de discusión.

Con Izas en Le Sacre Coeur

Con poca gente discuto tanto como con ellas. Lo hacemos ininterrumpidamente todas las horas que nos permite el día. Es lo primero que hacemos nada más levantarnos y lo último que hacemos antes de dormir. Véase como excepción las horas nocturnas que pasamos durmiendo (que fueron pocas). El silencio de aquellas horas muertas lo ocupa algún ronquido incivilizado que pone las bases de lo que será la primera conversación matutina como “madre mía cómo roncáis los de allí” o “yo creo que ha sido ella porque el ronquido venía del sofá” o “ha sido Julen seguro” o “que no, creedme que ha sido ella”, y un eterno etcétera.

Hace un par de semanas llamé a mi madre para contarle que me iba de viaje a París junto a mis amigas Myri e Izas a visitar a Nerea, que desde hace un tiempo reside allí. Cuatro comunicadores que empezaron compartiendo aula en la universidad del País Vasco, para luego compartir una relación de simpatía y que terminó afianzándose a la vez que se creo de la nada e inesperadamente un grupo de WhatsApp que más tarde terminó teniendo más emojis que letras en el título y mucho futuro.

En aquella llamada mi madre me dijo: “¡Qué bien! ¡Seguro que os da tiempo hasta de discutir!” Y avanzándome a los hechos respondí: “Créeme que será lo primero que hagamos en cuanto nos veamos en el aeropuerto”. Y el aeropuerto Charles de Gaulle fue testigo de que así sucedió.

Cuando vivía con mi padre y mi madre siempre se cenaba con el telediario puesto. Bajito para que no molestase, pero puesto. Si resultaba que se presentaba alguna noticia interesante se subía el volumen del televisor para prestar la atención que se merecía. Luego se bajaba y se examinaba la noticia proponiendo argumentos a favor o en contra. Y no pocas veces nos hemos visto en la tesitura de que era la misma persona la que presentaba el argumento de favor y el de contra llevándose la contraria a si misma.

Esas situaciones me han enseñado a entender que cada uno tiene su propia opinión, su propio punto de vista, sus razones para pensar X o Y incluso en el mismo círculo social. O que muchas veces aún pensando lo mismo se puede llegar a expresarlo de manera distinta. Por eso digo que Discutir es deporte nacional en mi casa.

El río Sena atravesando París.

París fue testigo de varios temas que ocuparon nuestra estancia: la situación de la política vasca, la inmovilidad de la juventud, el periodismo en formato selfie, el trabajo precario, la distinción (o no distinción) del artista y su obra,… en algunos temas coincidíamos en opinión, en otros, como es normal, no, y en los que no tenía demasiada idea me quedaba en silencio hasta identificar qué opinión me podría representar más.

Lo que ha sido deporte nacional en el viaje a París no es apto para todos y como en todo deporte, practicarlo hace que seas mejor y más empático. ¡Y mis amigas son unas pros!

Hemos convivido 5 personas en un estudio de 40 metros, hemos probado soupe à l’oignon, hemos comido fondue hasta reventar, hemos paseado nuestros 15-20km diarios, hemos pagado 8,5€ por una Fanta de naranja, hemos sacado mil fotos diarias, hemos acompañado a que Myri comprase sus caprichos en las tiendas caras de París y nos hemos emborrachado en una fiesta privada en la que no estábamos invitados. Y todo eso acompañado de una copa de vino blanco y una buena discusión.

Sin ningún ánimo de que esto suene divertido ni gracioso a veces pienso que debería existir una asignatura en la escuela donde poner en práctica la ciencia del debate. Imagina durante un segundo cuántos problemas y cuántas peleas podríamos evitar si dos (o más) individuos fuesen capaces de proponer sus argumentos como la sociedad civilizada que decimos ser.

Podríamos decir, casi sin exagerar, que hemos pasado el fin de semana en París arreglando el mundo con nuestras discusiones. Admito que me siento encantado de haber conocido a mis compañeras de discusión.

Mi experiencia en un campamento religioso

Imagina el musical La Llamada, pero mil veces peor.

 

A los ocho años pasé una semana y media en un campamento religioso

Yo vengo de una familia religiosa y me crié en la religión cristiana. Iba a misa todos los domingos y los días festivos, hice la Comunión y, cuando tuve edad de ir a un campamento de verano, fue uno religioso.

Era el campamento que organizaba una comunidad franciscana en Santo Ángel, un pueblo de Murcia, hace unos quince años. Yo tenía ocho, nunca había ido a un campamento y tenía muchas ganas de ir. Tan solo duraba una semana y media y conocía de vista a algunos de los niños de ir a la iglesia cada semana. Mis padres decían que era muy valiente por irme sola, pero yo lo veía algo normal. Me dejaron en el autobús y pusimos rumbo al lugar donde sería el campamento.

El autobús no podía llegar hasta el albergue donde nos alojaríamos porque era montaña y el camino era difícil. Recuerdo que estaba muy cerca de Cehegín, otro pueblo de Murcia. El albergue era una casa enorme de unos dos pisos, en medio de la nada, y todo era muy viejo y estaba bastante descuidado. Nos separaron a las niñas de los niños para enseñarnos dónde dormiríamos: una habitación larga y estrecha, con unos treinta colchones de distintas alturas en el suelo. Éramos más niñas que camas y durante cuatro días me tocó dormir entre dos colchones, inclinada. Una de mis amigas pidió a sus padres que la recogieran a mitad del campamento, y pude ocupar su colchón.

Hacíamos muchos juegos y eran divertidos, como juegos con la pelota, de cartas, de encontrar pistas…, pero otros eran bastante asquerosos y nos obligaban a participar aunque no quisiéramos. Por ejemplo, había una prueba donde nos ponían frente a otro niño, que tenía un polvorón en la boca. El que tenía el polvorón tenía que cantar una canción y la prueba era que tenías que aguantar que te cayeran las babas y la comida en la cara. Si te apartabas, perdías. Otra prueba del mismo juego era hacer “una tarta” en la cabeza de tu compañero: esclafar huevos, echar harina, azúcar…

Era un campamento de verano… así que tenía que haber piscina. Nuestra piscina consistía en una pequeña balsa, donde cabían quince niños como muchísimo, bajo los árboles. Le daba toda la sombra y, al no ser una piscina como tal, el agua estaba sucia y verde. Si no queríamos meternos, nos obligaban. Yo vi cómo una niña se envolvía en la toalla para evitar meterse y los monitores la cogían entre risas y la metían. Para ellos podía ser divertido, pero estoy segura de que a la niña no le hizo ninguna gracia.

Luego tocaba la ducha. Nos duchábamos de tres en tres, el agua estaba helada y recuerdo que nos cronometraban. Apenas nos daba tiempo a quitarnos la suciedad de encima. Además, era fácil encontrar cucarachas sobre el retrete. Cuando volví a casa del campamento lo primero que hice fue ducharme, y el agua corría verde.

Una vez nos llevaron a una piscina pública: la piscina municipal de Bullas. Esa piscina era genial, pero para llegar allí tuvimos que andar durante hora y media. No tengo ningún problema en andar, pero teniendo ocho años y con todo el calor del verano de Murcia sobre nosotros el camino parecía infinito.

Por supuesto, había misa. Todas las mañanas rezábamos durante diez minutos y, el domingo, durante una hora. Mis amigas y yo nos saltábamos la misa del domingo.

Recuerdo que un día pudimos llamar a nuestras familias. Yo tenía móvil, pero estaba requisado por los monitores, pero esa noche nos dejaron hablar con nuestros padres, y me preguntaron qué tal estaba. Me hubiera encantado decirles que vinieran a por mí, que era horrible, pero el monitor estaba delante de mí vigilando y no me atreví. Cuando volví a casa y les conté todo el percal, acordamos tener una palabra clave por si algo así volvía a ocurrir.

La verdad es que la experiencia fue un poco extraña. Fue mi primer campamento, no sabía qué esperar. Lo pasé mal por la situación y el planteamiento del campamento, pero tampoco estaba tan mal como para llorar y pedir a mis padres que vinieran a por mí. No tuve problema con otros campamentos a los que fui después. ¿Habéis tenido alguna experiencia similar en un campamento de verano?