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La experiencia de ser hombre y pintarse las uñas | Julen’s Stories

“¿Y si te viene una chica con bigote?”

Foto de Biel Morro

Desde hace un mes llevo las uñas pintadas de negro. Una de las respuestas lógicas a mi anterior afirmación debería ser “pues vale” y con eso debería terminarse mi columna de hoy. Pero en el momento en el que entré al local de uñas de Nueva York con mi amiga Geor, sabía que existía la posibilidad de que alguien fuese más allá de ese “pues vale”, y que tenía que estar preparado.

Tendría que estar preparado para responder tanto a halagos como a críticas, pasando por preguntas de curiosos. He notado miradas y sonrisas cómplices de la misma manera que miro yo cuando me cruzo con alguien que lleva un maquillaje espectacular. En un par de cafeterías de Nueva York me sacaron una sonrisa con un “dude, that’s fancy” y “here you have your iced latte, by the way I love your nails, man”.

He recibido docenas de mensajes en mis redes sociales animándome a probar colores más llamativos y un par de confesiones de chicos a los que en casa les habían prohibido pintarse las uñas.

Este mismo lunes en Barcelona alguien fue más allá de ese “pues vale” y me pilló algo desprevenido. Quedé con un amigo por la Plaça del Sol y nos acercamos a un pequeño supermercado para comprar algo de beber. Fui a pagar. Pagué. Y entonces llegó el “oye, ¿te importa si te hago una pregunta?”.

No tenía ni idea de qué querría saber la chica que me estaba cobrando. Miré mi mano derecha y me vi la pulsera del Primavera Sound. Por un momento pensé que querría preguntarme si Rosalía valía la pena en directo, si Miley Cyrus es tan espectacular como se dice o si es verdad que Janelle Monae fue lo mejor del festival. Le dije que adelante, a lo que ella se aventuró con “¿por qué te pintas las uñas?”.

Foto de Kris Atomic

Un mes antes, en ese curioso nail saloon de Nueva York,  mientras me pintaban las primeras uñas de la mano derecha, me pregunté a mi mismo “¿por qué estoy haciendo esto?”. Le di vueltas un buen rato y no se me ocurrió otra respuesta que “porque puedo”. Quería, podía y así lo hice. Me prometí que si alguien me preguntaba algo al respecto ésa debía ser mi primera respuesta.

“Porque puedo” le dije. Soné borde, no fue intencionado. “Ya pero tú…” hubo un silencio. Le señalé sus uñas. Las llevaba largas, afiladas y perfectamente pintadas de rosa y plateado. “Pero tú eres chico y yo soy chica”. Me señaló el bigote, “es como si yo me dejase bigote”. Mi amigo nos miraba.

– Me parecería genial que, si tú quieres, te dejes bigote.
– ¿Una chica? ¿Con bigote?
– Eso es. – le dije yo.
– Y las axilas, y las piernas con pelo… No, no.
– A mi me gusta el pelo.
– ¡Qué horror!

Hubo otro silencio porque no supe qué más responder. Volvió a hablar para decirme que esperaba que no me hubiese molestado esa pregunta. “En absoluto”. Me dijo que quizá me las pintaba porque pertenecía a alguna secta o porque se lo vi a un cantante de moda de cuyo nombre no me acuerdo. No estaba entendiendo hasta dónde iba a torcerse esa conversación y yo lo único que quería era que le cobrasen la bebida a mi amigo para sentarnos en la plaza y charlar tranquilamente.

Estos días he intentado recordar cuándo fue la última vez que llevé las uñas pintadas y, a no ser que mi desastrosa memoria me falle, la cifra es veinte.

Hace veinte años, cuando tan solo tenía cinco o seis, una de nuestras monitoras de verano se ofreció a pintármelas después de habérselas pintado a las chicas. Acepté encantado y el olor a esmalte se me incrustó en lo más profundo de mi cabeza. Tanto que siempre he querido volver a pintármelas y no he sido consciente hasta ahora. ¿Será que era más libre a los cinco años que a los quince?

Desde hace un mes llevo las uñas pintadas de negro y, pues vale, pero me encanta.