¿Tradición o machismo? Un pueblo dividido | Julen’s Stories

“No es sexismo, es tradición”. Salvo que sí es sexismo.

Desde el amanecer no ha parado de llover. La ropa está calada, hace frío y llevan despiertos desde las cinco de la mañana, pero nada de eso importa cuando sabes que en media hora tus vecinos y vecinas te darán la espalda, te gritarán y te juzgarán como culpables de querer romper la paz del pueblo. Ese escenario se llama Alarde de Hondarribia, 8 de septiembre de 2019, y no se lo deseo a nadie.

Todo viene de 1638 cuando, en plena guerra de los 30 años, los Hondarribitarras se libraron del ejercito francés y en agradecimiento marcharon hasta Nuestra Señora de Guadalupe. Desde entonces se repite el mismo desfile cada 8 de septiembre. Los hombres del pueblo desfilan tocando una especie de flauta a la que llaman txilibitu, con escopetas, de capitanes, en la escuadra de hacheros, con el tambor, en la banda de música, en la caballería o de burgomaestre. Son hombres del pueblo, de los alrededores e incluso algunos venidos de Madrid y del resto del estado. Participan todos pero no todas. El ratio es 5.000 hombres y 19 mujeres, porque las mujeres tienen el (dudoso y bastante sexista) honor de ser elegidas por votación por los hombres del propio Alarde para salir de cantineras. El resto de mujeres se agolpan en las aceras de la Kale Nagusia para aplaudir a sus maridos, hijos, padres, hermanos, tíos, abuelos, vecinos y conocidos y gritar “guapa” a la cantinera, que saluda sonriente al resto de mujeres que no han sido elegidas para ir en su lugar.

Pero desde 1997 hay una compañía que desfila fuera del Alarde tradicional: Jaizkibel Konpainia. Un grupo de hombres y también de mujeres a los que en vez de aplaudir les gritan “traidores”. Fue creada por algunas mujeres del pueblo tras varios intentos fallidos de incorporarse al Alarde en puestos hasta entonces reservados para los hombres. Ya entonces las leyes amparaban las fiestas y desfiles igualitarios, con lo que el Alarde se privatizó, se transformó en fundación y, tras recibir la negativa en la Comunidad Autónoma Vasca por razones de discriminación de género, huyeron a inscribirse a Navarra y así esquivar la ley. El peor escenario posible había sido creado y fue apoyado desde las sombras por el Ayuntamiento de la localidad e ignorado por la diputación de Guipúzcoa y por el Gobierno Vasco en sí.

El pueblo odiaba a esas mujeres y hombres que querían desfilar en igualdad y se tomaron la “justicia” por su cuenta. Boicotearon, escupieron, atacaron y denigraron a la compañía Jaizkibel y a sus hombres, mujeres, chicos y chicas hasta límites inhumanos en el 97 y en el 98, y en el 99, y en el 2000, y 2001, y 2002, y 2003, y 2004, y en el 2005 aunque el Gobierno Vasco con el Lehendakari Ibarretxe hubiese sacado adelante la Ley de Igualdad, y en 2006 las denigraron aún más, y luego llegó el 2007 y lo mismo, y 2008, y 2009, y 2010… y nunca paró. Tampoco el 8 de septiembre del 2019. Han pasado varios 8M históricos, el movimiento #MeToo, el caso Sanfermines, y todo señalaba que la sororidad se contagiaría y que el empoderamiento de la mujer se convertiría en objetivo vital a todos los niveles: las mujeres deberían cobrar lo mismo que los hombres por el mismo trabajo realizado, las labores domésticas se tienen que compartir, solo sí significa que sí porque el resto es violación, y un largo etcétera. Pero desfilar en las fiestas del pueblo no. Y ya lo dicen los locales: “no es sexismo, es tradición”.

A las ocho de la mañana y, con las campanas de fondo, empieza a subir la compañía Jaizkibel la siempre polémica Kale Nagusia. Docenas de mujeres embutidas en bolsas de basura negras esperan ansiosas la llegada de la compañía igualitaria para primero lanzar su odio y darles la espalda después. Los corazones se aceleran, la piel se eriza y los y las miembros de Jaizkibel empiezan a sonreír orgullosas y conscientes de lo que están haciendo. Lo han tenido absolutamente todo en contra y les han dado millón y medio de razones para tirar la toalla y rendirse a la injusticia, pero veintipico años después ahí siguen. Más multitudinarios que nunca. Una gigantesca compañía de casi mil personas con ganas de disfrutar de su maravilloso pueblo y de su maravillosa compañía en igualdad y respeto. La capitana Oihana Etxebarrieta sonreía extasiada de dirigir semejante grupo de gente y de haberle ganado un escalón más al sexismo.

Rosa Parks fue arrestada por no querer ceder su asiento a un blanco. Kathy Switzer fue golpeada por querer correr la maratón de Boston en el 67 con un dorsal. Malala recibió un disparo en la cabeza cuando volvía de la escuela, y a los y las componentes de la compañía Jaizkibel les han hecho la vida imposible durante muchos años. Familias que se han roto sin posibilidad de reconciliación, negocios cerrados por sufrir el boicot ejercido por parte del pueblo, listados con nombres de personas a las que los “tradicionalistas” han sacado del armario antes de tiempo, peleas de bares y amenazas de muerte por teléfono. Todo por haber defendido un espacio plural e igualitario en el desfile de las fiestas del pueblo.

Lo dijo Kenzazpi en su canción, “no te pongas a pensar qué perdiste cuando lloraste, porque gracias a esas lágrimas ahora somos el mar.” Y absolutamente nada puede para el mar al igual que absolutamente nadie podrá parar a Jaizkibel.

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  1. […] de cada uno de nosotros tuve la oportunidad de presentarles el documental que produje en septiembre “Tradición o machismo: Un pueblo dividido. El Caso Jaizkibel” que está disponible en mi canal de […]

  2. […] continuar, analizamos nuestra experiencia cubriendo la historia del caso Jaizkibel de Hondarribia en el documental de Julen; un caso de machismo absoluto en las fiestas tradicionales de un pueblo vasco que ha generado una […]

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